miércoles, 30 de abril de 2014

A los artistas...

Normalmente un artista que “hace bien su trabajo” y es moderadamente reconocido por él, deja de ser relevante en su escena mucho antes de siquiera poder empezar a maquilar su segundo o tercer aire. Son solo aquellos catalogados como “adelantados a su tiempo” (etiqueta colocada irónica y paradójicamente después de que el artista ha muerto o se encuentra retirado)  quienes logran trascender mas allá de una galería estudiantil o un foro local donde no se cobre la entrada a los no más de 30 espectadores. Son solo ellos quienes son capaces de capturar la atención del público y el mezquino respeto tintado de envida de colegas y “conocedores del medio”.

Vivimos entonces en una época en la que la Carta a los Artistas de Juan Pablo II ha perdido casi toda relevancia y congruencia. La palabra "arte" se ha prostituido tanto como quienes la escudriñan para hacerse de un nombre mediante obras hechas en base a estándares frágiles y sin valor. Los “artistas” de nuestros tiempos (o al menos la mayoría de quienes con descaro se auto-proclaman como tales) ya no son ávidos esclavos de un  instrumento y un don. No se dedican ya los productores de obras a realizarlas intentando proyectar la belleza del influjo divino en la naturaleza. No se imita ya mortalmente al principio creador. No pueden las obras transmitir un sentimiento que no existe dentro de quien la realiza.

Entre deificar a los “Grandes Clásicos” (condenando a cualquiera que difiera de su majestuosidad) e intentar mantenerse a la despiadada vanguardia de las tendencias de “lo que viene”, el arte en manos de nuestra generación dejó de ser el canal que unía el aliento de Dios con el alma del hombre. Se convirtió pues, en un desesperado medio para intentar sobresalir de entre un mar de ovejas siguiendo un mismo plan de vida. Se intenta alcanzar la fama y fortuna que permitan esquivar la palpitante realidad que amenaza a una generación entera, la del cubículo que encierra y la corbata que ahorca.  

El comercial estereotipo de la estrella de rock, la actriz súper modelo o el enigmático pintor parece ser la única oportunidad de no perecer en el anonimato ante el gremio y el mundo. En un mundo donde el arte parece ser cada vez mas producto de la mercadotecnia, la moda y los medios de comunicación, es un verdadero “garbanzo de a libra” encontrar a alguien que verdaderamente sea merecedor del título de artista. No es imposible, es más bien poco probable.

Pero no todo está perdido. Todo movimiento tendiente hacia una catástrofe de orden social tiene como respuesta una reacción directamente proporcional en potencia, pero inversamente proporcional en sentido. En una ciudad en la que los foros culturales son, sino inexistentes, muy pocos, y donde la cercanía con nuestro vecino inmediato hacia el norte ha logrado no solo enfriar, sino abaratar y plastificar la exposición mediática hacia a las artes, la avasalladora demanda de espacios de expresión artística ha logrado impulsar a la oferta de foros de una manera que no se había presenciado en varias décadas.

La antes mencionada escasez en las artes, aunada al intercambio cultural con estados del sur resultante de la migración norteña en busca de mayores oportunidades artísticas, ha potenciado de manera significativa la revolución cultural de la que hemos sido testigos en los últimos cinco años. El músico no está atado a un club nocturno donde no le pagan, ni tiene que pedir favores para que su música tenga donde escucharse. Ya no se atiene a la mafia de organizadores y dueños de bares  porque ya no tiene miedo de ser criticado por tocar en una plaza pública. El pintor y el poeta ya no se limitan a su Facultad y a eventos especiales, porque saben que hay quien aprecie sus apariciones en parques y cafés.

Poco a poco, en lo que parecen pasos muy lentos, el arte en Chihuahua se logra abrir paso entre los desechables restos del bombardeo comercial que alguna vez lo devoró. El éxito de este renacimiento no radica en la unidad, ni en la difusión por redes sociales, y tampoco está en los movimientos estudiantiles resultantes de la situación por la que atraviesa el país. Nada más alejado de la realidad. El origen de esta reestructuración del concepto de "arte" en nuestros tiempos y en nuestro estado, es únicamente una consecuencia. ¿La causa?, el artista está harto. Pero ahora, en lugar de aguardar pasivo, ha decidido tomar acción.


A mis, alguna vez colegas, una felicitación. Al público, una invitación.